El submarinista más antiguo del globo terráqueo está vivito y coleando. Es chileno, se llama Ramón Rivas Montoya, tiene 99 pepas, vive en el sector Lorenzo Arenas N° 3 de Conce, en la casa 155 del Pasaje 9, y es hincha de La Cuarta, la que ve bajo el agua.
El viejo lobo de mar vive junto a una hija y, pese a su avanzada edad y a que le cuesta caminar derechito, está flor de la mente. De hecho lee sin lentes la letra chica del Para Picar, tiene los chocleros buenos pa' comer cochayuyo y le gusta conversar sobre las aventuras que vivió en la Armada, a bordo de los buques submarinos Hualle, Guacolda, Tehualda y Fresia, entre otros.
El tata, oriundo de Collipulli, "campo adentro", dice que a estas alturas del partido lo único que anhela es estirar la cuerda de los años para "contar mis experiencias a quien quiera escucharme".
-¿Cuál ha sido su secreto para vivir tantos años?
- Según los doctores es por mi buena alimentación primaria. En esos años en mi casa eran todos campesinos y comíamos porotos, harina tostada, pan amasado, leche y huevos de gallina de verdad.
- ¡Chis, el medio diente! ¿Y en la Marina pasó hambre?
- Generalmente tomábamos sopa, pero cuando llegábamos a tierra mejoraba el rancho. Ahí también aprovechaba de tomarme unos copetes, de preferencia ron. Y fumaba hasta tres cajetillas de puchos al día.
-¿A qué edad ingresó a la Armada?
- Era cabro chico, tenía 12 años. Después de dos años salí de aspirante a grumete y me mandaron altiro a los submarinos. Es decir, a los 14 años ya estaba trabajando como submarinista. Mi primer sueldo fue de 60 pesos y me sirvió para comprarme algunas cosas y hacerle regalos a mi familia.
-¿Cómo era la vida dentro de un zurullo de acero?
- Al interior de los H (así se refiere a los submarinos) la vida era sacrificada, pero lo bueno es que recorríamos hartos lugares de Chile. A veces salíamos a la superficie en el sur y el viento era tan fuerte que nos doblaba las cañuelas. Lo pasábamos bien, pero había que cumplir con todo y ser ordenado. No contábamos con muchas comodidades y las necesidades biológicas las hacíamos en un balde, el que vaciábamos al salir a flote.
- ¡Guácala!
- Nunca tanto. Lo máximo que estábamos bajo el agua eran 72 horas, no teníamos más autonomía. En esa época los submarinos funcionaban con seis estanques de petróleo y desarrollaban una velocidad máxima de 12 nudos. Y como eran chicos sólo podían transportar a 26 marinos.
- Y como buen popeye, ¿tuvo un amor en cada puerto?
- Cuando llegábamos a puerto las chiquillas ya nos conocían y a veces había hasta 20 con las llaves de la pieza en la mano. Les pasábamos algunos pesos para que tuvieran y nos íbamos a dormir con ellas...
-¿A dormir? ¡Sópleme este ojito! ¿Qué tal eran la chiquillas en ese tiempo?
- Eran buenas, no creídas ni rogadas como ahora.
-¿Alguna vez sufrió un accidente?
- La única vez fue cuando una granada cayó al interior del submarino y quedé herido. Todos creyeron que había muerto y sólo en el hospital se percataron que estaba vivo. Perdí parte del pie izquierdo y nada más.
-¿Viajó alguna vez al extrajero?
- Varias veces, especialmente a Estados Unidos, adonde fuimos a buscar unas barcazas. También estuve en Panamá y Alemania.
-¿Si volviera a nacer volvería a ingresar a la Armada?
- A mucho orgullo y honor. Me gustaría conocer alguna nave nueva, de esas que tienen harta tecnología. Con eso podría morir tranquilo.
Don Ramón ha recibido cualquier homenaje por sus 43 años como submarinista de la Armada, de donde jubiló como suboficial mayor. Merecido se lo tiene.