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| 16 de Diciembre de 2006 | |||
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La ventanita sentimental Dr. Cariño doc@lacuarta.cl
Doctor Cariño:
Le escribe un gallo que es hincha suyo desde hace años y que lo envidia sanamente porque, con el verso que se gasta, seguramente tiene minas para tirar a la chuña. Yo, modestamente, no puedo quejarme mucho, ya que se me dan bien las chiquillas de 20 a 55 años. Es decir, hasta me puedo regodear. Pero uno nunca puede estar tranquilo y disfrutar de la vida. Resulta que me metí con una mujer de 32 años y pensé que sería una aventura más, pero me pisé la huasca. No sé cómo la endemoniada ha logrado que me enamore de ella hasta las patas y ando como lolo que recién le ha visto el ojo a la papa. Cómo será la cuestión que hasta estoy dispuesto a casarme y perder el invicto. No es una belleza, pero sí muy atractiva, simpática y con un cuerpo que parece hecho a mano. Lo pasamos caballo cuando estamos entre cuatro paredes, pero algo me tiene como loro en el alambre: De repente desaparece, pierdo todo contacto con ella y vuelve a los dos o tres días con explicaciones que huelen a chiva a 100 kilómetros de distancia. Me dan ganas de sacarle la verdad a charchazos, pero me contengo porque sé que si lo hago la perderé para siempre y quedaré convertido en estropajo. ¿Qué puedo hacer, Doctor?. ALBERTO.
Mi viejo:
Les pasa a todos los galanes que se dedican a catar mujercitas: De pronto se encuentran con una fémina que los hace abrir los dedos de los pies y se convierten en su perrito faldero, baba incluida. No me dio a conocer su edad, pero creo que se trata de un cuarentón avezado, curtido en los combates pasionales y convencido de que de repente va a descubrir petróleo en sus perforaciones. Eso no lo he conseguido ni yo, que son palabras mayores. Usted encontró la horma de su zapato y por eso ya no razona con la cabeza superior, como lo hace un hombre que actúa sin influencias candentes y sabe adónde va. De este modo se explica que le permita a esa parrilla de gaucho que desaparezca de circulación y luego vuelva con la cara llena de risa y pisándose las ojeras. Bueno, esto yo lo supongo. ¿Qué puede hacer? Ya que está tan enamorado-no sé si esa es la palabra adecuada-, converse con ella largo y tendido, pero no a calzón quitado. Dígale que desea convertirla en su esposa y que si ella acepta tendrá que cortarla con sus movidas raras. Estudie su reacción, lo que dirá y entonces sabrá a qué atenerse.
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