El 14 de febrero de 1997 Rafael Barríos Buller, de entonces 25 años, regresó en pésimas condiciones a su casa. Venía de clases de boxeo, se sentía como el ajo y le dolía todo.
Su señora, Mónica Turemnne, recuerda que "llegó vomitando, sudado entero, por lo que llamé a los médicos a domicilio de Farmacia Cruz Verde, quienes me dijeron que por los síntomas habría sufrido un accidente vascular. Lo llevé a Clínica Reñaca, pero cuando llegamos no lo atendieron de inmediato".
Mónica agregó que después de un par de horas un médico revisó a Rafael y le inyectó diclofenaco sódico, "que es un antiinflamatorio y antiplaquetario. Ni siquiera le hicieron un examen, y a los 40 minutos que estábamos ahí lo mandaron para la casa. El diagnóstico fue migraña". Cuando su señora cachaba que el enfermo estaba mucho más comprometido.
Disconforme con el diagnóstico, Mónica trasladó a Rafael al Hospital Gustavo Fricke, de Viña, donde los médicos le diagnosticaron un accidente vascular con riesgo vital. Menos mal que los galenos hicieron maravillas y a pesar del pronóstico, Rafael se salvó.
Lamentablemente el hombre quedó súper mal. "El primer año no lo podíamos ni sentar en una silla, y se mantenía conectado a sondas". Contó la señora, que lo llevó donde unos médicos cubanos que mejoraron notablemente la condición de su marido.
De todos modos el grave daño neurológico le impide hacer una vida normal, por lo que ganó una demanda interpuesta en contra de la clínica por una suma superior a 200 millones de pesos. Que con los reajustes y costos del juicio supera los 300 guatones.