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| 14 de Julio de 2006 | |||
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Dr. Cariño doc@lacuarta.cl
Querido Doctor:
Me dirijo a usted para contarle unos problemillas que me afligen. Resulta que hace tres años pololeaba con un lolo y las cosas estaban tirantes entre nosotros. Transcurría el verano y decidí irme de vacas a la playa junto con unas amiguis. La última noche decidí salir a carretear para distraerme un poco de los atados sentimentales. La cosa es que llegamos a la disco y vi un chico lindo. Me gustó altiro. Empezamos a bailar y a conversar, hasta que nos dimos unos besos locos. Entre todo lo que hablamos me contó que era de la zona, que estudiaba en la universidad y que estaba a punto de sacar su carrera. Intercambiamos números de celulares y quedamos de llamarnos. Al otro día viajé a Santiago para retornar a la vida normal. Me esperaba mi pololo. Pasaron los días y yo estaba loquita pensando en el amor de verano que me hizo ver estrellas. Mientras pasaba el tiempo estuve a punto de terminar la relación de 3 años con mi pololo, pero no podía. Muchas cosas me unían a él. Todavía le tenía cariño. Un día cualquiera mi loco amor de verano llamó. Nos pusimos de acuerdo para vernos y así fue. Partí a la playa, me alojé en una residencial y pasamos todo el fin de semana juntos. Ni siquiera asomamos la nariz en la calle. Fue espectacular. Es un hombre tan completo que cualquier mujer lo desearía. Mi situación actual es complicada, porque desde que ocurrió el encuentro ya han pasado tres meses. Hace dos terminé con mi pololo, pero hace un par de semanas lo volví a ver y recordamos viejos tiempos como amigos con cover. Con mi niño de la playa estamos bien, apasionados, pero no logro decidirme. Ambos me dan cosas que necesito. Mi ex me da toda la tranquilidad y seguridad del mundo, además que lo quiero como pareja, y el niño de la playa también me da muchas cosas que me gustan. LA CONFUNDIDA.
Mija:
Es bien difícil aconsejar a una chiquilla que tiene gran capacidad amatoria y que ha descubierto que en la variedad está el gusto. Su pololo no tiene idea de que en las vacaciones con vista al mar le puso el gorro y pasaba con el poto lleno de arena. Por lo tanto siguieron pegándose porrazos de vez en cuando hasta que la llamaron desde la costa. Ahí voló como gaviota y se encerraron en una residencial a echar a pelear los mariscos. Confiesa que esa vez ni vio el mar. Pide un consejo y me cuesta dárselo, porque haría el loco. Está feliz de la vida comiendo a dos carrillos. Ambos tienen un estilo peculiar en la cama que torna imposible una elección. La cosa durará hasta que la pillen y quede sin pan ni pedazo. Tenga cuidado porque si no tendrá que hacer un concurso para saber de quién es la guagua.
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