Mundial de Suiza, 1954. El choque final entre los tronquelis alemanes y la magia de Hungría, el equipito allende la Cortina de Hierro que le venía vendiendo pan al resto del planetoide. Favoritos absolutos, los húngaros aterrizaban en la final invictos y con el retorno de su máximo ídolo, el mayor de ejército Ferenc Puskas, el jugador que años más tarde dejaría con la tarasca abierta a Alfredo Di Stefano por la magia de su zurda.
Hungría, que venía de una gira apoteósica que incluyó la boleta 6-3 a los british en Wembley, tuvo su batalla campal con Brasil. Los garotos acusaron al árbitro inglés de "actuar al servicio del comunismo internacional". Los charrúas fueron otro duro escollo para los "magiares", que no tuvieron drama en darle a Corea 9-0 y a Alemania un 8-3 en primera ronda. En ese partido Werner Liebrich dejó fuera de combate a Puskas con una artera patada.
Pero se encontraron de nuevo en la final y Puskas volvía a pisar la cancha. A tres minutos del final, el ídolo infló la malla, pero se le cobró fuera de juego. Era el gol del empate que obligaba al alargue. Ganaría Alemania por 3-2 y años más tarde los propios ottos reconocerían que el gol fue legal.