Chillanejo de tomo y lomo, apenas apareció en el fútbol profesional los aguditos le calzaron el apodo que cargaría por el resto de sus días: el "Huaso". Eduardo de la Barra se lo toma con soda, dice que no olvida sus rupestres orígenes y que, si de experiencia se trata, puede darle cancha, tiro y lado al más avispado de los citadinos.
Mediocampista por definición y hachero por añadidura, sus primeras armas las hizo en Ñublense. "Quedé en una prueba que citó Pedro Morales en 1971 y al año siguiente ya estaba jugando en el primer equipo. Me fui por un tubo. Dos años después me llevó Temuco", recuerda.
Como no sólo de fútbol vive el hombre, también estrujó las neuronas como estudiante de Educación Física en la Universidad de Chile. "Alcancé a cursar la carrera casi dos años. Me llegó una oferta de Brasil y congelé". En la tierra del samba defendió al Avaí de Florianópolis y luego retornó para defender al recordado Deportes Concepción que dirigía el "Consomé" Oyarzún. "Era un equipazo. Estaban Daniel Montilla, Oscar Rojas, el 'Flaco' Spedaletti y Fernando Cavalleri, entre otros. Llegamos a la liguilla por Copa Libertadores", recuerda al paso y destaca que la prensa de la época lo eligió como el jugador más polifuncional.
Después de pasar por Naval y Fernández Vial, colgó los botines. Dirigió a los "lilas" y a los choreros y por estos días integra el área Fútbol Joven de la "U" de "Conce" y se quiebra con sus máximos chichecitos: Luis Pedro Figueroa y el "Pescadito" Parada.
"Estoy tranquilo en esta función. Lo bueno es que el club ha respetado el proceso que nos encargó", recalca. También babea con el nuevo integrante de su prole: Su nieto Mateo Benjamín. "Es el primero. Me tendré que acostumbrar a que me digan abuelo, aunque sienta que soy un lolo", chacotea.