Salir del hoyo parece ser el sino del empresario canadiense Ken Lyoyier (58) quien, con fe y agallas, pasó de vagoneta drogo de horizonte negro a dirigir la United We Can. Se trata de una empresa con un ingreso de 2 y medio millones de dólares anuales a través de un uso inteligente de la basura como la que lo acompañó 44 calendarios su vida, dándoles, de yapa, empleo a postergados perejiles de su país.
Jaguar de los emprendedores, soltero, flacuchento, de vestir informal y fiero pa' la pega, está en nuestro terruño para compartir con organizaciones chapulinas de los marginados en riesgo social y enseñar cómo se puede despegar con ñeque.
El gringo no oculta que sacó raspando el equivalente a la enseñanza media, pero subraya que lo valioso es la "universidad de la vida", más bien la del Downtown East Side, baúl de la miseria en Vancouver, con 2 mil abandonados en las cunetas y bajo los puentes.
Derechamente admite que fue drogo "de esos capaces de tomar o inyectarse lo que le pongan por delante: Alcohol, crack o cocaína". A los 17 años sufrió los incontrolables espasmos, vómitos y colitis del Mal de Croll, y cuado yacía en lo más hondo vio la luz y tiró pa'rriba. Ahora le llueven premios nacionales e internacionales por su titaneo exclusivo con los ultra pobres, en una empresa que recicla envases de bebidas, limpia grafitis y adorna plazas como si Navidad se celebrara todos los días. El miércoles en el Palacio de La Moneda regaló papas para el progreso a los marginados, y ayer verseó sobre intercambio chileno-canadiense con el vocero de Gobierno, Osvaldo Puccio. "Antes de regresar a Canadá iré a cachurear con uno de vuestros compatriotas, Juan Zúñiga, que vive en una hospedería del Hogar de Cristo. Es mi modesto homenaje al Padre Hurtado, un modelo de pan de Dios", dijo en spanglish a La Cuarta, el diario de los populares.