21 de Noviembre de 2004
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Dime con quién andas

 
Dime con quién andas...


A pesar de que se advierte en todas partes, existen padres que no conocen a fondo a sus hijos, ni averiguan con quiénes se juntan en las horas fuera del colegio. Ellos creen que basta con llevar una vida familiar sana.


FUNDACIÓN CHILE UNIDO - 122-800-100-200


Los padres del presente caso aprendieron la lección: la comunicación es básica. También, el estar atentos a los peligros que se esconden a la vuelta de la esquina.

Olga es morena, menudita, atractiva y lleva su pelo negro agarrado en una larguísima cola de caballo. José es alto, buenmozo, de tez clara y pelo castaño-rubio. Juntos forman una linda pareja, de aquellas que la gente se da vuelta a mirar.

Nadie diría que ya llevan casi dos décadas de matrimonio y que tienen siete hijos, entre los 19 y 6 años. José tiene 41 y trabaja de guardia en una empresa. Su mujer, de 38, trabaja mediodía en un laboratorio clínico ubicado relativamente cerca.

Temprano, por las mañanas, parten juntos en su auto y, a las tres de la tarde, cuando termina su turno, Olga se regresa en micro a su bonita casa de dos pisos en Maipú.

Este horario lo están cumpliendo hace ya mucho tiempo, desde que ella, esperando a su cuarta guagua, pidió trabajar menos aunque le significara ganar, también menos.

SOÑADORA

Olga hace recuerdos:

"De chica, me pasaba películas de la familia que quería tener. ˇEra bien soñadora! Y hasta que nos llegó el drama, mi sueño se había cumplido cabalmente. Mis hijos son preciosos y yo me dedicaba por entero a ellos todas las tardes. En las mañanas viene una señora a hacer el aseo y darles el almuerzo a los más chicos. Los fines de semana hacíamos lindos paseos. Íbamos al Cajón del Maipo, Pirque o Quilpué, por el día. Siempre andábamos buscando panoramas entretenidos y los chiquillos felices de partir. Como tenemos un station grande, nos apretábamos y partíamos juntos".

A partir del invierno recién pasado los paseos familiares llegaron a cero.

Agrega: "Con mi marido estamos tan mal que no tenemos ánimo para salir. Nunca he sido buena para la televisión, pero lo que es este año, me lo he visto todo. Me dijeron que era una especie de evasión y que no era tan malo porque me servía para relajarme. Me pregunto si alguna vez volveré a ser la de antes o si seguiré pegada al televisor, sin interés en las cosas lindas de la vida".

Olga está triste desde que un vecino le tocó la puerta una noche, en mayo de este año. Su hijo mayor, al que le dicen Josecho, yacía semiconsciente en el baño de una casa en la misma manzana. Le había dicho a su madre que iba a estudiar con amigos. Josecho además pololeaba.

Olga explica que él nunca quiso traer a la joven a la casa, lo que le parecía muy raro.

"Él me explicó que era sumamente tímida, que yo debía tener paciencia porque faltaba mucho para que ella sintiera confianza y aceptara venir. Yo traté por todos los medios de incluirla en algún paseo o invitarla a un tecito, pero no hubo caso. Y claro, entre estudio y pololeo, Josecho ya venía poco a la casa; pero sí, siempre a dormir, aunque fuera casi de madrugada".

Añade: "Yo juro y rejuro que nunca sospeché nada. José me culpa a mí por no haberme dado cuenta y esto ha sido súper triste, porque de ser un matrimonio bien avenido, esta problema nos alejó y ahora nos acusamos mutuamente".

AYUDA

Olga y José llamaron a la Fundación Chile Unido para pedir ayuda. Por lo relatado, ambos eran padres presentes, padres sin vicios, de espíritu sano, comprometidos con la familia, con sus trabajos y con su entorno social.

Aparentemente, no había razón alguna para que el mayor de los hijos se convirtiera en drogadicto.

Entonces, la atención se centró en Josecho.

La orientadora de la fundación, se enteró que el niño tenía dos años cuando llegaron sus hermanas gemelas y él, obviamente, pasó a segundo lugar.

A continuación llegaron otras dos mujeres y luego el ansiado hermano, pero para entonces tenía nueve años, mucha diferencia para sentir que le había llegado un compañero. Así las cosas, creció bastante solo y, en palabras de su propia madre, "siempre con la responsabilidad de ayudarme con los más chicos".

Josecho se parece mucho a su padre, pero tiene la figura menuda de su madre. Esto significa que era y es un muchacho muy bonito y de aspecto frágil, lo que le acarreó innumerables problemas en la escuela.

Sus padres tenían plena conciencia de esa situación y por ello, José sobre todo, le comenzó a dar tareas masculinas como lavar el auto, limpiar la estufa, arreglar las llaves y cortar el pasto.

Por otro lado, como era de los mejores del curso, a partir de los 14 lo llamaban los compañeros para que los ayudara a estudiar.

AMOR JUVENIL

Josecho, en una de las conversaciones con la orientadora de Chile Unido relató: "Yo era el típico mateo y me cargaba, pero pensé que ayudándolos a estudiar era una forma de ser aceptado. Y así nomás fue. Ellos empezaron a sacarse buenas notas y yo pasé a ser el héroe. Además, cuando conocí a la Samantha, ella se enamoró al tiro de mí ˇPuchas! Ahí se me fueron los complejos de ser el mateo y el bonito".

Pero Samantha tenía un problema. Y no era precisamente que fuera una niñita tímida. En su casa la droga es el pan de todos los días. De las nueve personas que viven ahí, siete consumen drogas de todo tipo. Y así, no pasó mucho tiempo para que Josecho, inseguro y necesitado de aceptación, se fumara primero un 'pito', luego dos y tres.

Durante dos años pudo mantener la cuota baja y aprendió a seguir conductas que no lo delataran ante sus padres. La excusa del estudio era su coartada e, increíblemente, no bajó el nivel de notas, aunque sí dejó por completo el ayudar a sus compañeros. Pero esto último no lo supieron sus padres.

Una mala combinación de drogas en un cuerpo delgado y cansado (esa tarde venía de un partido de fútbol) hizo que Josecho sufriera una descompensación y perdiera el conocimiento.

El joven recuerda: "Pienso que ésto me salvó la vida. Mis papás salieron al rescate y en cosa de una semana me metieron en un programa juvenil antidroga. De eso hace cinco meses y todavía ando así nomás, pero ya saliendo. ˇEso creo! Me di cuenta que fue un error de mi parte. Hoy aprecio lo que son mis viejos. Han sufrido mucho con lo mío, pero también se han sincerado y reconocido que como me iba bien en la escuela, me dejaron de lado y nunca preguntaban con quién andaba, ni qué hacía, ni nada".

Los padres de Josecho supusieron que a los 16 años, él podía cuidarse solo, por lo que, sin querer, relajaron los límites y el monitoreo de las actividades de su hijo mayor, entregándole al joven una responsabilidad que no estaba capacitado para asumir.

Así, aprendieron que es importante saber con quién andan sus hijos, dónde van, controlar la hora de llegada y junto con todo aquello, mantener una vinculación afectiva y una comunicación abierta con ellos.


 
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