Recontra grande, benaiga, fue el alboroto que se armó en la casa de doña Beatriz Riveros, paisana de por allá por Rancagua, específicamente de Lo Miranda, cerquita de Doñihue, en la Sexta Región, donde en enero de 1999 La Cuarta fue testigo de un extraño y tierno caso de la naturaleza animal.
El barullo agarró vuelo el 1 de enero, cuando doña Beatriz se asomó a su campito de un cuarto de hectárea y vio a la vaca "Josefa" dándole la papa a siete chanchitos.
Resulta que la madre de los gorrinos días antes había ido a parar a la parrilla, porque andaba por las cuerdas, con cualquier machucón, debido a que su marido -un cerdo maldito, bueno para el copete, al parecer hijo natural de un jabalí- le sacaba la cresta cada vez que llegaba cocido al chiquero. La violencia doméstica terminó con el matrimonio y, lamentablemente, con la vida de la chancha, cuyas heridas no dejaron otra opción que colgarla del gancho y comérsela.
Tras el sabroso funeral de la marrana, doña Bea y don Miguel pensaron que los porkys se iban a morir de hambre.
Sin embargo, los chanchitos no quedaron huachos, ya que la "Josefa", como buena vaca querendona que es, les prestó la teta y además los comenzó a regalonear tupido y parejo.
Lo único malo de la adopción es que su esposo toro se puso enfermo de celoso y cachudo, al igual que el hijo ternero de ambos.
En nuestra visita al campo, comprobamos que apenas la vaquita escuchaba los "oinc-oinc" de hambre, se echaba y movía la cola para darles sus "mamaderas" a los chanchis.
Después les sacaba los flatitos y todos se iban a dormir la tremenda siesta debajo de un sauce llorón.
Trabajadora como ella sola y cariñosa, doña Beatriz relató al diario pop que cuando vio por primera vez a la "Josefa" dándole leche a los cerditos, "casi se me cayó el pelo. Me tuve que restregar los ojos para comprobar lo que estaba viendo. Es que la vaca estaba tirando más pinta que la yegua del cura, echadita pa' atrás, mientras los bebés marranos le hacían chupete a la teta".