03 de Octubre de 2004
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Hermanos y amigos
Dos hermanos vivieron una infancia y juventud sin dificultades, pero los problemas llegaron cuando ambos conformaron sus propios hogares.



Juan Francisco, 43 años, comenzó a trabajar en el taller de un tío y después estudió mecánica automotriz. En eso se ha desempeñado desde los 20 años. Su hermano Hernán, 40, se transformó en comerciante, luego de que no pudo terminar sus estudios de contador auditor en la universidad.

Ambos fueron criados en un hogar donde hubo un padre muy preocupado por la estabilidad económica, a pesar de que los recursos no sobraban.

Doña Elisa, ya fallecida, los crió con mucho amor y les enseñó el valor de la verdadera calidad de hermanos, que incluye protección, apoyo y permanente amistad. "El mejor hermano es aquel que es amigo a toda prueba", les decía la preocupada mujer, quien apoyaba a su marido con trabajos de costura.

"Mi papá trabajaba en una empresa minera y no tenía vicios. Era un tipo ejemplar. Con él jamás tuvimos problemas, salvo ahora que se desmoronó desde que murió nuestra mamá hace dos años. Los dos nos dieron mucho cariño y se preocuparon de que estudiáramos, que nos supiéramos valer por nosotros mismos", explica Juan Francisco.

Añade que, "con el Hernán éramos amigos-amigos. Nos contábamos todo, éramos cómplices en algunas diabluras y estudiábamos harto. Yo iba dos cursos más arriba y le enseñaba lo que iba aprendiendo, así es que siempre era uno de los aventajados de su curso. De repente nos agarrábamos a coscachos, pero ahí estaba mi mamá que nos corregía rápidamente. Ella decía que no podría confiar en que nosotros la defenderíamos algún día frente a algún peligro, porque no éramos capaces ni siquiera de armar una defensa".

"El Hernán salió más picaflor que yo. Yo tuve dos pololas en mi juventud, pololas de años, mientras que él cambiaba casi todos los meses o semanas", expresa el mecánico.

Reflexiona que, "en todo caso, la época de infancia fue la más bonita, porque nos hacíamos juramentos de tener dos casas pegadas para que cada uno viviera con su familia; que seríamos padrinos de todos los hijos del otro y que tendríamos un par de caballos al fondo del patio, para salir a pasear cuando quisiéramos. También, que nuestras esposas serían hermanas para que fuese todo 'cuadradito', como decíamos. Ah, y que nuestros padres tendrían una casa grande al frente de las nuestras, para ir a verlos todos los días. Eran grandes sueños que conservamos por años".

LA SEPARACIÓN

Hernán se casó a los 25 años, luego de que comenzó a trabajar cuando no siguió en la universidad. "Él dice que no le dio el mate, pero yo creo que estaba aburrido de estudiar y quería independizarse. Así, empezó a trabajar como distribuidor de una empresa abastecedora de almacenes, juntó plata y se casó con una de sus pololas que más le había durado. El problema surgió cuando su esposa comenzó a prohibirle que fuera a nuestra casa, lo que afectaba mucho a mi mamá. Yo hablaba con él, pero me decía que no tenía tiempo. Iba tarde, mal y nunca, además que siempre estaba solo un ratico. O sea, se le acabó la independencia en vez de ganarla", expresa Juan Francisco.

Agrega: "Al tiempo me casé y viví dos años con mis papás, hasta que pude juntar para el pie de mi propia casa. Allí Hernán varias veces me dijo que yo quería quedarme con la casa de los viejos. La que más carbón le echaba era su mujer. Mi esposa, incluso, perdió una guagua debido a una de esas discusiones, porque la mujer de Hernán, quien decía las cosas como en broma, pero no se guardaba ningún comentario hiriente. Mi mamá, por supuesto, que también lo pasaba muy mal".

"Al irnos, se dejaron de molestar. Ya cada cual tenía sus hijos y de los sueños infantiles no quedaba nada. Cuando nos cruzábamos apenas nos hablábamos. De hecho, un día que le estaba reparando su auto me dijo que me apurara, porque para eso me estaba pagando. Ahí, lo tomé de un brazo y lo lancé fuera del taller. Le pedí a un mecánico que sacara como pudiera el auto y lo dejara en la calle. Desde ahí me gritó que me olvidara que era su hermano. Sufrí harto con eso y hasta comencé a tener problemas con la presión", recuerda con dolor Juan Francisco.

Los hermanos se evitaron durante años, a pesar de los esfuerzos de doña Elisa por reunirlos. "Cuando yo iba a cumplir los 40, dos días antes, falleció mi mamá. Ella tenía problemas afecciones pulmonares desde siempre, los que aumentaron con la edad. En el funeral me encontré con el Hernán. Él estaba separado y en muy malas condiciones económicas. Lo abracé y lloramos harto con mi papá. De ahí para adelante todo ha cambiado. Claro que me duele el que mi mamá no nos haya visto en vida así. Él vive ahora con mi papá, cerca de mi casa. Lo cuida harto y Hernán está volviendo a recuperar el ánimo que tenía antes. De hecho, ahora tiene una novia, una mujer viuda que lo quiere harto. Con mi esposa y mi papá lo hemos apoyado las veces que su ex mujer le ha creado problemas, aunque él tiene buena relación con sus hijos".

Respecto del aporte de este caso real, Juan Francisco destaca que "mi mamá tenía toda la razón, los hermanos deben ser amigos siempre. Nuestro caso le ha servido a mis hijos y sobrinos, para que sean más unidos. Uno puede pelear de vez en cuando, pero no hay cariño más grande que el de un hermano".


 
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