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| 18 de Julio de 2004 | |||
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Los cánticos asolaron el espacio, mientras el capitán se mordía las lágrimas y abrazaba a sus seres queridos y amigos "Espina querido, jamás te olvidaremos" El capitán del "Eterno Campeón" cerró un ciclo en su vida que se inició a los 9 años en Buenos Aires. Miles de colocolinos le brindaron un merecido homenaje al mejor extranjero de la última década en el fútbol chileno.
Fue el último partido oficial de Marcelo Fabián Espina Barreno y su cara surcada reflejaba la emoción del minuto final, del epílogo, de un jugador que se transformó en emblema con la casaquilla alba por casi un decenio, desde que en 1995 cambió su Buenos Aires querido por Santiago, para venir a cumplir un contrato profesional, pero se quedó, echó raíces, estableció su matrimonio con Sandra y nacieron sus peques, Santiago y Ariana, los mismos que ingresaron a la cancha para fundirse en abrazos y besos, los que también prodigaron sus progenitores, doña Chela y Cacho. Y el plantel albo se arremolinó en torno al capitán que les dejó una herencia de clase y honestidad deportiva, para testimoniarle su afecto. Por ahí aparecieron sus amigos venidos desde el otro lado de Los Andes, y también el que comparte sus días y lleva la enseña del indio en el pecho, Marcelo Barticciotto. Mientras, los niños de las escuelas de fútbol del Cacique dibujaban presencia, alegría y colorido en el césped. Y la multitud no paraba de corear. El homenaje de Colo Colo crecía y las lágrimas del capitán no conseguían detenerse. La Asociación Nacional de Fútbol Profesional, de manos de su secretario Sergio Toloza, le ofreció un trofeo, "por su valioso aporte al fútbol chileno". Y eso fue el "Cabezón". Un aporte, el mejor extranjero llegado a este terruño en la última década. Espina se fue como había pensado, jugando el partido completo, participando activamente y con un triunfo del equipo que comparte su corazón junto al Platense argentino. Sus compañeros lo levantaron en andas para que sintiera el latido de los colocolinos que lo vitoreaban en el Monumental de fiesta, escenario donde saboreó títulos y pasajes inolvidables. Luego Marcelo Espina ascendió a la tarima para continuar recibiendo el reconocimiento de la hinchada que gritaba con mayor fuerza que el "Cabezón" no se va. Claro que no se va, es sólo un hasta luego, porque el volante, el "8" de Colo Colo, dirá adiós al fútbol en una jornada especial, a fin de agosto. Pero ayer igual había que celebrar. Fue su último partido, su última concentración. Más allá de su aparente tranquilidad, la procesión iba por dentro, "porque no es fácil dejar el fútbol cuando se ha estado en ésto desde los 9 años". Espina abandonó la cancha y el público, compartiendo su emoción, no se movía, porque el conductor se echará de menos.
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