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| 03 de Abril de 2004 | |||
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| CONTENIDOS | CRÓNICA | LA VUELTA AL MUNDO | LA CUARTA DEPORTIVA | LA CUARTA ESPECTACULAR | MAGAZINE | LA PAPA |
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Testimonios de humildes y agobiados que supieron de su caridad infinita La alegría de sus "patroncitos" "Él era especial, una dinastía tan linda, cariñoso, bondadoso, muy simpático, con una devoción tan especial. Si ya venía de santo", comenta. En cierta oportunidad recuerda que iban varios mocosos en el vehículo acompañando al curita, y éste, al ver a una anciana que cargaba un saco de carbón apoyado en su cabeza, los echó abajo para llevarla a ella. Hoy, pese a sus problemas -su esposa Margarita está enferma, a uno de sus hijos le amputaron una pierna y una hipertensión lo trae a él por las cuerdas- asegura que no pierde la fe. "Tengo un santuario en mi casa", agrega. Quien también tuvo oportunidad de colaborar con el sacerdote es María Inés Mejías, de 80 años. Conoció a Alberto Hurtado en sus años mozos, en la Juventud Católica, y desde entonces nunca se alejó de él. "La gente salía llorando de la misa, porque tenía una capacidad de llegar al corazón... cuando preguntó si Chile es un país católico, creo que más que nunca está vigente esa inquietud, porque los jóvenes están muy alejados de Dios", señala. Es el testimonio de María Alicia Cabezas, no obstante, el que le valió la beatificación en 1994. La mujer, ahora secretaria del Hogar de Cristo, sufrió tres infartos cerebrales seguidos que la dejaron hecha un bultito con vida, sin moverse ni hablar. Su patrona de entonces ofreció llevarla hasta la tumba del padre a cambio de que la curara y, en forma inexplicable, mejoró. "Yo no me podía ni las manos, tal como me dejaban quedaba, tampoco hablaba, al comienzo veía luces difusas, pero al salir del hospital, después de tres meses, me convencí que éste era un milagro. Salí recuperada, caminando por mis medios", indica.
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