- ¿Con el diario que defiende a los tatitas?
- Hasta nos preocupamos de ayudarlos a cruzar la calle. ¿Qué se le ofrece?
- Los llamo porque soy uno de los tantos abuelitos que se vacuna contra la jodida influenza en San Bernardo. Como en años anteriores, fui a la oficina del INP donde normalmente se realizaba la vacunación. También llegaron las enfermeras encargadas de los pinchazos, pero inexplicablemente a ellas y a nosotros nos echaron con viento fresco porque, según se dijo, las oficinas no eran un vacunatorio.
- ¿Esa onda? ¿Y qué hicieron?
- ¡Calcule! Las enfermeras no tuvieron otra que instalarse en plena calle y ahí empezaron con los pinchazos, a pleno sol.
- ¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón!
- Claro, igualito que en el tango. Y ahí tuvimos que hacer la cola para que nos inocularan la dosis salvadora.
- Qué quiere que le diga. Es como para sacar en gira al que negó el uso de la oficina.
- Y aplaudirlo en la cara. ¿No le parece?
- Me parece.