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| 23 de Diciembre de 2003 | |||
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Los cánticos de "Bam Bam, Bam Bam" inundaron la noche ñuñoíona Iván Zamorano: "Me llevo el cariño de mi pueblo"
Un grupo de niños de su Fundación le entregó un presente, a la par que se multiplicaban los aplausos y el coro de "Bam Bam, Bam Bam...". Y luego la esperada vuelta olímpica mientras miles de antorchas encendían la noche en Ñuñoa, haciendo aún más intensa la emotividad del momento y en ese instante, una vez más, Zamorano dejó fluir las lágrimas que le inundaron el rostro. "Se acabó. Siempre hay un momento que todo termina para decir adiós", fueron sus primeras impresiones apenas abandonó la cancha, en medio de una lluvia de vítores. Y otra vez aparecen los niños, que le tributan remolinos de viento, y se sube repetidamente a alguna tarima para que todos puedan verlo y sentirlo más cerca, en la última imagen con la vestimenta de futbolista. Y la vuelta olímpica prosigue por la pista de rekortan, hasta llegar al sector norte, donde se ubican habitualmente los hinchas albos, quienes lo despiden con fervor y el goleador se levanta ahora sobre una tarima blanca y ofrece su reconocimiento a los seguidores del equipo más popular del país. El mismo que Iván lleva en el corazón, el de sus niñez, el de su padre, cuya camiseta vistió en el epílogo de su brillante carrera. "Soy un hombre afortunado, no me ha faltado nada, lo conseguí todo, me llevo el cariño de la gente, de mi pueblo y la admiración de mis compañeros. He cumplido todos mis sueños, esta noche será inolvidable", destacó el ídolo, intentando contener el brote lacrimal. El beso a la cancha del Estadio Nacional fue uno de los símbolos más elocuentes del "Bam Bam" al dejar el rectángulo ñuñoíno, mientras las cámaras y grabadores se le abalazaban para captar el singular instante. El concierto de fuegos artificiales inundó el espacio, acompañado por canciones de profundo contenido, rubricaban el ambiente de fiesta que coronó la despedida de uno de los más destacados deportistas de esta larga y angosta faja de terruño. Y el Estadio Nacional, imponente, maravilloso, resonaba como un eco interminable con el "Bam Bam, Bam Bam...". Y el ídolo, con el corazón apretado y los músculos duros, se va, dejando tras de si su estela ganadora.
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