16 de Agosto de 2003
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Urgido chilote se defendió con fuego del ejército de bichos mefistofélicos que lo atormentaba
Chiflado quemó casa para matar a los fantasmas y casi se echó a su abuela
Manuel Vega

(Foto: Copesa)
Un abracadabrante episodio de locura y brujería chilota protagonizó en las últimas horas un vecino de San Rafael -localidad cercana a Calbuco- que, acosado por los fantasmas, arañas voladoras, Traucos huecos y Pincoyas roncas, quemó su casa para acabar con la maldición que pesaba sobre ella. Claro que en el intento de purificar la propiedad, estuvo a punto de achicharrar a su abuela.

Este nuevo caso que prueba que pese a la modernidad los habitantes de la X Región se siguen codeando con el más allá y su tropa de seres mitológicos o de ultratumba, ocurrió hace un par de madrugadas y culminó con la captura del exorcista pirómano.

Según fuentes policiales, el drama de Gilberto O. (42) se inició cuando al regresar al palafito donde vivía arranchado junto a su abuela, María Corvette (84), fue nuevamente recibido por el fantasma de su madre, doña Marta, muerta hace diez años.

Como en otras oportunidades, esta señora, a la cabeza de una legión de seres infernales, trató de impedir que Gilberto entrara a su hogar aullando escalofriantes amenazas, como el arrastrarlo de las mechas hacia el mismísimo infierno; o murmurando en sus oídos los terribles secretos del osario, que sólo los gusanos conocen.

Armándose de valor, el visionario vecino de la Isla de las Aguas Azules se tapó los ojos y agitó su cabeza para sacarse de encima la siniestra imagen del Invunche, un ser humano a medio construir, que intentaba caparlo, y la de un Trauco afeminado que, confundiéndolo con un director de TV, le ofrecía chicha y chancho por un contrato.

Atropellando sillas, tras pisar un brasero y rebotar contra las paredes con gran escándalo y zafacoca, Gilberto llegó hasta el dormitorio, donde se creyó a salvo, pero la "casa embrujada" todavía le tenía reservado lo mejor de su repertorio.

"El fantasma de la mamita Marta atravesó la puerta y tras ella entraron decenas de hechiceros, demonios, culebrones y basiliscos que comenzaron a pincharme con tenedores y agujas. Para colmo, en la cama se me había instalado la Pincoya en pelotas, hedionda a cochayuyo y aguas muertas, que me exigía el siete sin saque", relató posteriormente el pirómano en la comisaría, antes de ser fulminado por una inyección de Dormidol con Tatequietín.

El cambio en la orientación sexual de algunos Traucos, que de machos violadores de doncellas ahora se han convertido en travestis o bisexuales; así como el de ciertas Pincoyas que incluso se han visto puteando en algunas playas chilotas, se debería -según un experto consultado por La Cuarta- a la notable influencia de los medios de comunicación sobre estos primitivos seres insulares, que han obtenido con este cambio una forma mucho más fácil y moderna de ganarse la vida que la de andar asustando al perraje.

Pero volvamos al relato de las desventuras de Gilberto. El personaje, ya definitivamente rayado por la brujería desatada y con la paciencia al límite, no encontró mejor solución que la profilaxis absoluta y el exorcismo cauterizador, razón por la cual, luego de amontonar sillas de paja, cartones y diarios viejos, hizo una mansa fogata en medio del living y luego de gritar "¡Quémense vivos, fantasmas de mierda!", se alejó al trote de la casa ardiente.

Lamentablemente, víctima de sus visiones, el endemoniado se olvidó de su abuelita octogenaria que comenzó a quemarse. Menos mal que gracias al oloroso humito del alerce quemado y al griterío de la veterana, sus sobrinos, que viven en el vecindario, despertaron y la rescataron apenas chamuscada.


 
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