10 de Abril de 2003
CRONICA
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La Ficha Pop

 
Isolina (107) y Oscar (80) lloraron como cabros chicos al pisar el palito ante su tremenda parentela
Abuelosaurios dijeron fuerte "sí acepto"
Juan Luis Bonell

Los viejeturris recibieron emocionados su libreta de matrimonio de manos del oficial del Registro Civil Darwin Palma... y después celebraron como Dios manda.

(Foto: Hernán Cortés)

En la mesa de centro, la torta de tres pisos parecía contar los segundos para ir al sacrificio en la guata de los tortolitos y comensales, en el aire aún retumbaban los sones de la Marcha Nupcial y la voz de la cantante Paula Rivas entonaba emocionada somos novios/ pues los dos sentimos mutuo amor profundo/ y con eso ya ganamos/ lo más grande de este mundo... El clásico tema del chico Manzanero caló hondo en la sensible fibra de los asistentes y, ¡sorpresa!, fue oído claramente por Isolina Ojeda Evens, de nada menos que 107 años, como si por efectos de la sentimental letra se hubiese curado repentinamente de su semi sordera.

Lágrimas guachas corrieron por sus mejillas y antes de que la emoción la embargara por completo, se aferró a la mano de su ahora esposo, Oscar Martínez, de 80 inviernos. En los anulares de ambos brillaban las tradicionales argollas de orégano.

Después de 58 años de convivencia, los abuelosaurios brindaron ayer con champán helado, para que el turrón de felicidad les dure toda la vida, en una escena que hizo exclamar al oficial del Registro Civil de La Pintana, Darwin Palma, en la Casa de la Cultura de la comuna pop: "¡Como dijo el Papa, el amor es más fuerte!".

En el revuelo de la boda, don Oscarito contó que tenía apenas 5 pepitas cuando Cupido le traspasó el corazón y lo hizo dirigir su pasión hacia Isolina, quien ya era una mujerota de 32. Como en los grandes amores, sobrevino un gris período de distanciamiento en que eligieron a otras medias naranjas, pero el destino quiso que se reencontraran en la década del '40 e iniciaran un camino con las mismas pisadas en el pueblo de La Unión.

Ambos habían enviudado y no tenían como norte casarse, "pero fue ella la que después de una fiesta del adulto mayor de La Pintana me propuso sacar la libreta del Civil", dijo orgulloso el hombrón. Ahora, pasándose películas, dice que le hubiera gustado tener un hijo con su amada (él cuenta dos vástagos a su haber y ella suma 13 retoños, 48 nietos y la pila de bisnietos y tataranietos).

Aprovechando que la alegría le emergía por los poros, La Cuarta, la pelusona, le preguntó si acaso se sentía capi de volver a procrear, a lo que picaronamente dijo: "¿Por qué no? Hay que intentarlo todo".

El ágape fue a todo trapo y mientras los invitados masticaban sabrosos canapés y aguardaban el corte de la torta, María Eugenia Córdova (46), nieta de Isolina, contó -sin quebrarse- que entre toda la parentela le regalaron una tele, un equipo de music, un refrigerador, ropa de cama y ene electrodomésticos, "pero lo más importante son las tarjetas que les auguran amor eterno".

Otra nieta, Jeanette Córdova, calificó a la tatarabueli como "una chochería que destaca por su vitalidad y memoria de elefante". Añadió que le encanta la vida de los teclitos, porque trabaja como paramédico en Neurología del Hospital Barros Luco.

Luisa Córdova Ojeda, otra hija de la Dulcinea, le sacó el sombrero a don Oscar, calificándolo de tierno y corajudo, "sobre todo cuando estuvieron en la cordillera y él le ponía el hombro a las cosechas, igual que cuando cuidaba vaquitas en el campo", relató.

En la pequeña fiesta de ayer hubo momentos cumbres: cuando los novios partieron la torta y cuando se armó la grande al tirar Oscar un guante para los solterones, e Isolina Ojeda el ramo de flores, que Margarita Córdova alega le arrebataron de las manos, dejándola con cuello.

Los enamorados se alejaron del lugar en un Hyundai Sonata, dejando una mansa sonajera de tarros a su paso.


 
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