16 de Marzo de 2003
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Viviana Fainé Brath

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Ni bien se ha estrenado la nueva película del actor y director criollo Boris Quercia, en las calles capitalinas las copias obtenidas a la mala de "Sexo con amor" se venden como pan caliente y por sólo... dos lucrecias. Un ejemplo que para algunos retrata la picardía del chileno, y para otros una muestra clara de lo care'palo que somos a la hora de inventar cuanta triquiñuela se pueda con tal de burlar el sistema.

Pero los pirateos de libros, CD, videos y hasta buses para turistear por poca plata no son lo único que nos caracteriza. ¿Quién no ha visto -si es que no se ha tentado también por las circunstancias- a un perico colarse a la maleta en el Metro, o al que se toma una bebida y luego deja el envase entre los estantes del supermercado para no cancelarla en la caja? ¿O encargarle a un colega que marque la tarjeta en la pega para que no lo cachen que va atrasado? O lo más reciente y escandaloso: vender bonos mulas del Banco Central, timando a miles de inversionistas. La verdad es que esta "pillería" nuestra sobrepasa la imaginación. Y si bien durante años nos hemos jactado de este ingenio, no reparamos que sean terceros los que pagan el pato, sobre todo cuando el daño implica pérdidas millonarias.

Sólo basta pensar en cuánto pierden anualmente los supermercados por concepto del choreo hormiga, o en el reciente numerito de Inverlink para dimensionar un poco las cosas.

¡Si los pillos han ideado hasta unas bolsas especiales para burlar las alarmas en las tiendas cototas! Y qué decir de la mami que llega a comprar con la guagua en el coche para fondear lo que encuentre a mano, desde desodorantes a tarros de café.

Como se puede apreciar, la viveza criolla no parece tener límites.

Actitud antisocial

Para el profe de Sicología Clínica de la Universidad de Santiago, Claudio Pizarro, lejos de cachetonearnos con las formas ideadas para sacar provecho de todo, quienes actúan así no tienen de qué chochear, y más que buscar una explicación sicológica asegura que se trata de un fenómeno sicológico-cultural, es decir, arraigado en nuestros orígenes.

Sostiene que si se intenta ver de dónde viene este mal entendido ingenio hay que revisar la cultura hacia atrás. El que incurre en la piratería, el que esconde un cenicero o se queda con un vuelto se siente más poderoso, más inteligente, cuando en verdad son conductas antisociales. "Esto se junta con la sensación de que no todos somos iguales, hay diferencias y gente privilegiada, dándose esta falta de respeto por los derechos de los demás. No tenemos en nuestra cultura el respeto por el otro y se convierte al astuto en un modelo a seguir", señala el académico.

Asegura que para estos "pastelitos" no importa el resto porque "todos son tontos".

De la época de Valdivia

¿Qué si los años bajo la batuta militar nos marcaron así? El profesional sentencia que no, que es una cultura que está con nosotros del tiempo de los españoles: "El avivarse no es algo de ahora, es parte de la cultura, de la forma de ser nuestra. Un ejemplo: Si subiendo al cerro encuentro botada en el camino una parka, lo más común es guardármela, aunque sé que no me pertenece. Casi nadie devuelve un vuelto de más", indica.

A juicio de Pizarro la única manera de revertir esto y evitar que sigamos haciendo la vista gorda con tanta fórmula para burlar todo, y a todos, es con educación, la que por cierto debe venir de la base, donde hay que estimular la sensibilidad social.

"Alguna gente cree que actúa bien, pero esa sensibilidad tiene que ser educada y aprender a jugar al fair-play En absoluto puede tener un rasgo positivo, porque todo es una falta de respeto a los demás. Erróneamente se cree que se es más vivo o más inteligente cuando se es más antisocial. Es un valor trastocado. No es ingenio, sino deshonradez", argumenta.

Además, no es algo propio de los chilensis, sino que en todas partes se cuecen habas y brotan estos mal llamados "ingeniosos".

En el lote caen aquellos que se escudan en la pobreza, como si eso bastara para justificar lo que Pizarro considera hasta sicopático. Junto con ocultar una ofensa cultural del porte de un buque, ya que la gran mayoría de la barra iñi piñi es honrada, ser vivaracho podría servir para contrarrestar otros puntos negros: el negativismo y ser apocados.


 
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