La lluvia no se compadeció el sábado de los protagonistas del espectáculo palmeño y aunque hubo un intento por parar la jornada (patrocinado por algunos jockeys internacionales), el Hipódromo Chile disputó las dieciocho carreras programados claro que con esforzados y modestos fileteros a cargo de la defensa de las platas de los aficionados.
Es cierto, no hay pista que aguante con un aguacero como el que se dejó caer durante la tanda mapochina, pero también es cierto que el escenario hace diez años soportaba con más firmeza el fenómeno climático. La pista del Hipódromo Chile se quedó sin arena, el agua se la llevó toda hasta las acequias que la circundan. El drenaje de otrora era mucho más eficiente que el de ahora, de modo que en este aspecto las autoridades que lidera Juan Cuneo tienen una misión urgente.
Felizmente, el sábado no hubo desgracias que lamentar (sólo rodaron cuatro látigos en las tres últimas competencias), pero como lo señaló el látigo Freddy Castillo, el público tiene que entender que en una cancha saturada y bajo la lluvia sólo algunos podrán defender con empeños sus dineros, la mayoría sólo intentará llegar con vida a la meta.
La cancha principal del Club Hípico se descompone con menos. Las últimas cuatro fechas ha sido característico el que los caballes terminen por el lado exterior de ella. Por el medio y por los palos es imposible rendir. Al estrecharse la pista disminuyen las posibilides de triunfo de los atropelladores y aumentan las posibilidades de accidentes.